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Convulsiones febriles

Se denominan así a un tipo concreto de convulsiones que aparecen en el 5-5% de la población infantil entre los seis meses y los seis años de edad, con un pico máximo de incidencia entre los 18 y los 24 meses. Los antecedentes familiares de epilepsia podrían favorecer su aparición. Se trata de crisis generalizadas, es decir, producidas por una dessube de forma rápida la curva de la temperatura o de la liebre.
El tratamiento consiste en prevenir esa subida de la temperatura durante los procesos infecciosos de una manera más controlada que en el resto de los niños. El problema es que hasta que no se produce la primera crisis no sabemos de la existencia de las mismas, por lo que al menos había que pasar esta angustiosa experiencia una vez.
Cuando se presenta una crisis convulsiva febril hay que tratar de mantener la calma, lo que resulta difícil para cualquier padre o madre. A pesar de la apariencia aparatosa del cuadro, no hav que zarandear al niño ni tratar de estimularlo con movimientos o gritos, nunca debemos perder la calma, sino todo lo contrario. Simplemente hay que proteger al pequeño entre los brazos hasta que cedan las convulsiones y acercarnos después al hospital o al centro de salud para explicar el proceso con la mayor exac-titud posible y que le hagan un reconocimiento, consistente en hacer una historia clínica completa y cuidadosa y un examen físico de los aspectos neurológicos, a veces por medio de una punción lumbar que descarte una meningoencefalitis. También descartará intoxicaciones y traumatismos craneoencefálicos que puedan haber provocado la crisis. Cuando las convulsiones febriles sean más complejas, será examinado por el neuropediatra. Si se trata de crisis conocidas, el pediatra nos habrá proporcionado
unos enemas especiales de diacepam, un ansiolítico, que frenarán la crisis de forma rápida y eficaz. Posteriormente, iniciaremos las medidas habituales para bajar la temperatura corporal, especialmente el uso de fármacos antitérmicos como el paracetamol 0 el ibuprofeno.
Una convulsión febril simple suele ser un suceso aislado que no tiende a repetirse, sobre todo si se toman las precauciones adecuadas. De hecho, rara vez se ingresan en el hospital para estudio, lo que se reserva para aquellos casos en los que los niños repiten varias crisis poso al tratamiento y se sospecha por tanto que pudiera tratarse de una forma de epilepsia juvenil. En la mayoría de los casos las crisis febriles son transitorias durante la infancia, no prolongándose más allá de los cinco años y en casi ningún caso se transforman después en epilepsia durante la vida adulta.

Por difícil que emocionalmente pueda resultar a los padres, ante una convulsión febril de un niño se debe mantener siempre la calma.

Originally posted 2014-07-11 15:45:49.

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Síncope

Se define el síncope como la pérdida brusca y transitoria del conocimiento o conciencia. Este tipo de cuadros son relativamente habituales en la población, presentándose hasta en el 3% de todos los individuos en algún momento de su vida y suponiendo una causa frecuente de urgencia hospitalaria. Son algo más frecuentes en las mujeres. También se define al presíncope como la situación de obnubilación y deterioro rápido de facultades físicas e intelectuales que precede al síncope algunas veces, pero que no tiene porqué desembocar de forma necesaria en él.
Distinguimos por tanto entre el desvanecimiento habitual en el que la persona requiere ayuda de los que le rodean por no poder mantener la estabilidad postural, lo que sería un presíncope, de la verdadera pérdida de conciencia, en la que el sujeto no responde a las estimulaciones físicas o verbales que se le realizan y se desploma, lo que sería un síncope propiamente dicho.

En ambos casos el mecanismo por el que se producen es el mismo: el déficit puntual de irrigación sanguínea del cerebro que desemboca en una disminución total o parcial del nivel de consciencia. Y conviene recalcar lo de puntual, puesto que si el riego cerebral se interrumpe de una forma prolongada o definitiva estaremos hablando no de un síncope, sino de isquemia o falta de oxigenación (causada en muchos casos por trombos o por embolias) que conlleva en pocos minutos la muerte cerebral. El colesterol y el tabaquismo tienen mucho que ver con la mayor parte de las isquemias, de modo que podemos prevenirlas con una dieta y una vida más sana.

Causas del déficit de irrigación sanguínea

• Disminución súbita del volumen de sangre que bombea el corazón en cada contracción, de la presión con que lo hace o del número de latidos que da por minuto, lo que podemos definir como gasto cardíaco.
No hay datos fijos sobre la cantidad de sangre que bombea el corazón ni cuántos latidos da, pero se calcula que en el ser humano, el corazón late unas 100.000 veces cada dia bombeando más de 7.500 litros de sangre. Como norma general, una persona tiene entre 40 y 160 latidos por minuto, dependien- do del sexo, la edad y la forma física (las personas deportistas y los ancianos, por ejemplo, suelen tener un pulso cardiaco más lento). En este apartado de disminución súbita de volumen de sangre bombeada por el corazón incluimos cualquier situación de pérdida brusca de sangre por hemorragia o fallos en la función motora cardiaca, principalmente por alteraciones de su actividad estimuladora eléctrica como bloqueos y arritmias o por obstrucción de las cavidades cardiacas. Es la forma más grave, pero sin embargo también es la menos frecuente.

• Disminución de la presión de la sangre que llega al territorio cerebral, pese a que el gasto cardíaco es apropiado. Nos referimos entonces a trastornos de la circulación sanguínea en los que por alguna causa no se mantiene un flujo constante y adecuado hacia el cerebro. Estos casos son sobre todo descensos de la tensión arterial asociados a circunstancias como el cambio de postura (levantarse de la cama o ponerse de pie de forma brusca, sobre todo en las mujeres de tensión baja), cambios de temperatura exterior (pasar del frío al calor), acumulación de sangre en otros territorios corporales (como durante la digestión), uso de ciertos fármacos, la micción, la defecación, la tos continua o el ejercicio físico excesivo, entre otros causantes.

• Alteración de la composición de la sangre en cuanto a la cantidad de oxígeno y de nutrientes que transporta. Hablaríamos entonces de síncopes secundarios al estado de malnutrición, con hipoglucemias o bajadas de azúcar o cuadros de anemia severos, y de aquellos casos en los que la mezcla del aire respirado es muy pobre en oxígeno, como en lugares cerrados o en espacios situados a cierta altitud donde no se ha producido la necesaria y pausada aclimatación. Esto es típico de los turistas que llegan a países andinos.

• Causas llamadas neuropsicológicas. que se refieren a estados de ansiedad o miedo, de sorpresa o de profunda impresión que producen una reacción en forma de desmayo súbito por descoordinación de los mecanismos de vasoconstricción y vasodilatación arterial. Se trata del típico vahído o desvanecimiento ante una mala noticia que se produce en individuos con unas características psicológicas predisponentes. Otro ejemplo sería el mareo de ciertas personas ante la visión de la sangre (por ejemplo, durante un análisis de sangre) o por el mero hecho de entrar en un hospital e imaginar qué ocurrirá. Puede pasar también en personas muy impresionables ante la visión de una herida profunda en caso de accidente e incluso ante situaciones no tan extrañas, como una hemorragia nasal. Se podría incluir también en este apartado la pérdida de conocimiento secundaria al dolor demasiado intenso.

Dejando aparte la primera de las cuatro causas mencionadas, es decir, el síncope de origen cardiaco, podemos utilizar una asociación de las otras tres para comprender el origen de la gran mayoría del resto de síncopes y presíncopes. Se unen por tanto diversas condiciones para originar este cuadro que actúan de forma común como precipitantes. Para entender esto de forma sencilla, nada mejor que exponer el arquetipo de síncope o presíneope benigno, llamado sincope vasovagal o lipotimia común, que se presenta en el 50% de todos los casos. Con las variaciones propias de cada momento, muchos desmayos se asemejan a este arquetipo al que se pueden añadir otras circunstancias como estrés angustiante, infecciones víricas con fiebre, hipervenlilación o respiración jadeante continua por un cuadro de ansiedad o exceso de toma de sol con anterioridad.
Como punto aparte deben mencionarse causas puramente neurológicas como causantes de una pérdida de conocimiento.
Así, una hemorragia cerebral o una trombosis pueden debutar de esta manera, si bien no es una causa muy frecuente de síncope, sino más bien de shock o de coma y su sospecha se reserva para aquellos casos reincidentes o prolongados.
La forma de presentarse los síncopes y presíneopes suele ser bástante característica en lodos los individuos. En la mayoría de los casos se encuentra en posición erecta, bien sea sentado o de pie, en el momento de iniciarse el cuadro. La cadena de signos y síntomas podría ser de la siguiente manera;

1. Como primer síntoma sobreviene una sensación desagradable de malestar, que puede manifestarse como angustia o náuseas v que se acompaña de inestabilidad o incapacidad de mantener la verticalidad.

2. Sobreviene después un estado de confusión u obnubilación breve durante el cual se puede distorsionar la visión o percibir zumbidos en los oídos.

3. Puede comenzar una sudoración profusa en cara y manos, que se percibe como fría, con escalofríos o incluso tiritona.

4. La piel se puede tornar pálida o grisácea.

5. El individuo comienza ya a no responder a los estímulos externos y gradualmente va perdiendo conciencia.

6. Llegados a este punto  se produce el desmayo o a colapso postural, es decir, que se pierde la capacidad de mantener la postura y se cae al suelo o se desparrama sobre la superficie en la que se encuentre por la flacidez que adopta toda la musculatura. Lógicamente, este proceso no siempre es así de forma necesaria. Pueden existir o no alguno de los síntomas mencionados o pueden sucederse a tal velocidad que no sea posible discernirlos por parte del acompañante. Hasta la llegada de la pérdida del tono postural o caída suelen transcurrir unos 20 o 30 segundos, suficientes como para solicitar ayuda en la mayoría de los casos, siendo raro que se exceda de dicho tiempo.
En el caso de que se trate de un pre-síncope, no se perderá del todo la consciencia y a partir de este punto inmediatamete comenzará el proceso de recuperación, siendo el individuo conocedor en todo momento de la circunstancia acaecida, si bien no pueda comprender lo que le ha sucedido v cómo le ha sucedido. Por el contrario, si la perdida de conocimiento es efectiva v duradera, hablamos va claramente de un síncope, cuya duración puede
establecerse desde unos pocos minutos hasta media hora de forma aproximada.

Características del individuo sincopado

Ausencia total de movimientos y flacidez de los miembros, de forma similar a un estado de sopor o sueño profundo. Es muy importante comprobar este dato para diferenciar un síncope normal de ciertos tipos de crisis epilépticas, que cursan con rigidez en los miembros.

Pulso muy débil o imposible de detectar, al igual que la respiración. La tensión arterial puede ser también muy difícil de tomar, sobre todo si lo realizan personas expertas.

No responde a estímulos externos tanto físicos como verbales, ni siquiera el calor (de un incendio por ejemplo) ni la inmersión en agua son capaces de sacar al individuo de su estado.

Al adoptarse la posición horizontal con la caída propia del síncope mejora de forma inmediata el riego sanguíneo cerebral y se reestablecen de forma progresiva todos los parámetros anteriormente comentados. En general, la recuperación de un síncope es rápida.

Tras un síncope, se debe tumbar a la víctima y tratar de colocarle favoreciendo el riego sanguíneo; para ello, evitaremos posturas como la de la imagen, con los pies o las piernas cruzadas y trataremos de mantenerlos en alto.

Tratamiento del síncope

Nos referiremos concretamente a las medidas fundamentales que deben tomarse para prevenir y tratar un cuadro sincopal hasta que se pueda reí ibii un tratamiento medico una especial predisposición a padecer estos cuadros y que tengan por tanto antecedentes de este tipo en su haber. Estas medidas serían:

1. Conocimiento por parte del entorno del individuo de la facilidad de éste para sufrir desmayos y de las medidas preventivas que deben tomarse cuando se producen, cosa que expondremos más tarde. Familiares y compañeros, deben aprender y en general cualquier persona puede hacerlo, ya que en este sentido evita muchas de las complicadones del cuadro y del pánico que genera.

2. Toma de precauciones en cuanto a prevenir caídas cuando se presentan los primeros síntomas de mareo o malestar que indiquen la llegada del presíncope y después del síncope.

3. Prohibición de actividades potencialmente peligrosas en este tipo de individúos como la conducción, el manejo de
materiales o maquinaria delicados u otras como el buceo, nadar en solitario, subirse a escaleras o cualquier actividad física intensa o que se realice en solitario.

4. Evitar ciertas situaciones como levantarse de forma rápida de la silla o la cama, realizar giros bruscos, prolongar un ayuno de forma innecesaria, tomar excesiva cantidad de sol o permanecer demasiado tiempo en lugares angostos y mal ventilados.

Las personas con tensión baja deben levantarse de la cama despacio y mejor en tres tiempos: incorporación del tronco, sentarse en la cama y ponerse de pie.

Modos de actuación ante un síncope

1- Inmediatamente hay que socorrer al individuo sujetándole por detrás y convenciéndole para que se siente o se tumbe, aunque no haya perdido aún el conocimiento. Solicitar ayuda al entorno más próximo y ayuda médica de
urgencias si concurren traumatismos, hemorragias o se desconocen los antecedentes del individuo en este sentido. Mirar la hora a la que se produce el cuadro y memorizarla, así como observar y memorizar sus síntomas, para poder
indicárselo al personal sanitario.

2- Colocarle en una posición que permita el mejor riego sanguíneo posible y le proteja de supuestos traumatismos. La posición ideal sería tumbado boca arriba con la cabeza girada hacia un lateral. No debe colocarse en ningún caso al sujeto en posición invertida por el riesgo de que pueda vomitar e inducirle a la asfixia. También puede ser muy útil mantenerle levantadas las piernas para favorecer el retorno venoso de las extremidades durante unos minutos o hasta que recupere el conocimiento.

3- Ventilación de la estancia donde se haya producido el desmayo si se sospecha que el calor ha sido un factor determinante en el mismo. Se deben aflojar a su vez las ropas que pudieran oprimirle a nivel del cuello o de la cintura. En ningún caso le administraremos agua, alimentos o medicamentos hasta que la recuperación de la conciencia no sea total.

4- Comprobación de los signos vitales como el pulso o la respiración con todo el cuidado posible con el fin de distinguir entre un simple desmayo y una parada cardiorrespiratoria que exigiría la aplicación de todo el protocolo de reanimación. El pulso sanguíneo puede tomarse en la muñeca y también en el cuello, en cuanto a los primeros auxilios de reanimación cardiovascular, se explican en los apéndices finales de este manual.

5- Tratar de hablar y estimular al individuo para comprobar el grado real de consciencia que mantiene. Un método efectivo de estimulación sería la aplicación de agua fría en el rostro (no un cubo de agua, sino unas compresas humedecidas) o la inhalación de sales, siempre y cuando se trate de una persona joven sin antecedentes
de patologías graves o no concurran situaciones más graves junto con la pérdida de conocimiento.

6- Mantenerse junto al enfermo hasta que la recuperación de la consciencia llegue o hasta que acudan los servicios de urgencia si ésta se prolonga de forma excesiva en el tiempo. Una vez que el individuo parece que se recupera, debe permanecer aún un buen rato en reposo tumbado y sin realizar esfuerzos físicos durante unas cuantas horas, sobre todo si permanece una sensación de debilidad física posterior. Nuestra actuación ha de ser la de alguien que le tranquilice y le haga ver que la situación está bajo control. No hay que olvidar que en muchas ocasiones tras la recuperación de un desmayo sobreviene un segundo o un tercero, especialmente si no se han resuelto los causantes del primero, por lo que el reposo durante al menos el resto del día es recomendable.

Como decíamos anteriormente, la gran mayoría de sincopes responden a una causa benigna y conocida y se resuelven de forma espontánea con las medidas que acabamos de comentar, no siendo necesaria la aplicación de otras mas avanzadas que incluyan fármacos o internamiento en unidades especializadas. No obstante debemos recordar que una pérdida de conocimiento puede ser el síntoma inicial de múltiples patologías ocultas o la antesala de una parada cardiorrespiratoria, por lo que no deben tomarse de forma banal nunca estos cuadros aunque sean ya repetidos o conocidos y se comunicarán al médico lo más pronto posible.

La duda que surge entonces es hasta qué punto es necesario avisar a las urgencias o trasladar a una víctima de un síncope al medio hospitalario aunque se haya recuperado espontáneamente de la misma. No es fácil tomar una decisión en estos casos, aunque si somos estrictos en la aplicación de los protocolos médicos, cualquier pérdida de conocimiento comprobada fehacientemente por el entorno de la víctima debe mantener observación hospitalaria
durante 24 horas con monitorización de las constantes vitales. No cabe duda de que ante aquellos casos de traumatismos, lesiones, dolor o malestar persistente tras la recuperación, la necesidad de estudio y tratamiento es evidente y no se puede obviar en ningún caso. De forma sencilla podemos atender a las siguientes circunstancias para valorai o no ese  traslado:

• El hecho de que los sincopes sean ya conocidos por su reiteración evitan probablemente la necesidad de un ingreso o la toma de medidas extraordinarias, si bien no por ello deben dejarse de comunicar al médico de familia. Esto es válido siempre que se trate de presíncopes o síncopes con una recuperación relativamente rápida.

• La presencia de enfermedades graves previamente conocidas en el individúo aconseja en todos los casos la atención especializada para descartar complicaciones de la misma. Lo mismo ocurre en aquellos casos en los que se utilicen bastantes medicamentos, especialmente si alguno de ellos se ha introducido recientemente y aún no se ha experimentado en la víctima.

• Las circunstancias propias de cada persona como el hecho de vivir sólo o alejado de la ayuda medica puede hacer necesario el traslado ante la duda para evitar complicaciones posteriores.

• Aquellos síncopes fulminantes en los apenas hay malcstai previo o en los que dos encontramos a la víctima directamente inconsciente son también de obligado estudio hospitalario. Igual ocurre con todos aquellos que se excedan de los márgenes razonables de duración, es decir, que superen los 30 minutos de forma aproximada.

Originally posted 2014-07-11 15:05:03.

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Crisis epilépticas

Las crisis epilépticas, también llamadas comiciales, no son sino una descarga eléctrica anormal en cuanto a excesiva y sincronizada de las neuronas que forman la corteza cerebral de los seres humanos. Este tipo de descargas pueden producirse en cualquier persona de Corma aislada y por diferentes causas en cualquier momento de la vida, por lo que sólo hablamos de epilepsia corno enfermedad cuando las crisis se repiten y de forma constante se prolongan a lo largo del tiempo.

Cuando no encontramos una causa aparente de las mismas tras un estudio pormenorizado, hablamos de epilepsia primaña, procediéndose entonces a instaurar un tratamiento preventivo que en circunstancias normales evita el desencadenamiento de nuevas crisis. En otras ocasiones, sin embargo, sí se puede identificar un causante concreto que puede originar una crisis saber las distintas formas en la que ésta puede presentarse. Conviene por tanto no asociar crisis epiléptica con crisis convulsiva, aunque sea su forma más frecuente de presentación, puesto que existen otras formas que no sólo no asocian convulsiones, sino que ni siquiera producen pérdida de conocimiento.

Tipos de crisis epilépticas

Crisis parciales: son aquellas que comienzan desde un punto concreto de la corteza cerebral, llamado foco
epileptógeno, que dispara una descarga eléctrica concreta y prolongada que se traduce en un síntoma neurológico concreto y localizado, pero no en una convulsión generalizada. Este tipo de crisis pueden a su vez dividirse en simples o complejas.
Las simples serian aquellas en las que aparece de forma repetida una contracción muscular o un adormecimiento de una parte del cuerpo sin que el individuo sufra una pérdida de conocimiento y se mantenga consciente en todo momento de lo que le está ocurriendo. Se trata por tanto de una convulsión localizada de unos minutos de duración que no puede ser controlada por el que la sufre. Las crisis complejas son similares a las anteriores en cuanto a los síntomas que producen con la diferencia de que aquí si que se presenta una alteración de la conciencia, bien una pérdida de conocimiento, o bien la toma de una conducta extravagante e inapropiada al tiempo que desconectada del entorno, con amnesia posterior de todo lo sucedido.

Crisis generalizadas: son aquellas que se desarrollan por una descarga múltiple cerebral originada en diversos puntos y en las que se produce en cualquier caso una pérdida de conciencia desde el primer momento. Atendiendo a la actividad muscular que provocan, podemos distinguir de forma simplificada cuatro tipos principales:

Crisis de ausencia o de pequeño mal, consistentes en breves periodos de pérdida de conciencia u obnubilación, sin caída al suelo, que suelen acompañarse de parpadeo rápido y que pueden repetirse varias veces al día.

Crisis tónico-clónicas o de gran mal, que son las verdaderas crisis convulsivas y las más conocidas.
Comienzan con una pérdida súbita de conciencia y se produce la caída al suelo, a la que sigue un periodo corto de contracción intensa de los miembros, tras el cual empiezan a manifestarse convulsiones que con el paso de la crisis
disminuyen su frecuencia, pero aumentan su amplitud. Se relajan los esfínteres y tras unos pocos minutos aparece un estado de somnolencia en el que el individuo puede permanecer varias horas. Esta es la epilepsia más clásica y la más grave.

Crisis mioclónicas o sacudidas musculares bruscas de corta duración que suelen aparecer más en niños tras estímulos sensoriales prolongados. Se trata de la típica crisis por abuso de televisión o de pantallas de juegos.

Crisis llamadas atónicas o de pérdida del tono muscular de forma súbita, con flacidez, sobre todo de las extremidades, que persiste durante unos segundos.

De todas las formas en las que puede presentarse una crisis epiléptica vamos a referirnos concretamente al tratamiento de dos, como son la clásica crisis convulsiva y la convulsión febril del laclante, va que no sólo son las formas más habituales que nos podemos encontrar, sino además en las que nuestra ayuda inicial puede ser más importante y definitiva.

El foco epileptógeno situado en la corteza cerebral es donde surgen las crisis parciales. Las generalizadas surgen de varios puntos.

Un exceso de estímulos visuales o auditivos puede desembocar en crisis epiléptica. Es frecuente en niños demasiado influenciados por la televisión y los videojuegos. sobre todo cuando éstos son muy agresivos o con grandes destellos luminosos.

En niños con episodios febriles pueden ocurrir crisis epilépticas que no revisten gravedad.

Modos de actuación ante una crisis epiléptica convulsiva

1- Pedir ayuda y organizaría tan pronto como comiencen a manifestarse los primeros síntomas, generalmente la caída inicial con pérdida del conocimiento, evitando que se dañe en este primer momento. En muchos casos los individuos epilépticos pueden manifestar una serie de síntomas neurológicos previos a las crisis que sirven como premonitores de las mismas y permiten tomar precauciones.

Retirar los objetos cercanos al individuo mientras convulsiona para que no se golpee con ellos. Se debe colocar un objeto blando o ropa entre la cabeza y el suelo. En ningún caso debemos tratar de sujetar o inmovilizar al enfermo en este momento, porque además de ser prácticamente imposible hacerlo sólo, podemos conseguir provocarle daños musculares.

2- Debemos permanecer simplemente a su lado colocando un trozo de tela en la boca para evitar que se dañe en exceso la lengua, pero con precaución de que sea lo suficientemente grande y que una buena parte del mismo quede fuera de la boca para que no se lo trague. Si el paciente tuviera comida, prótesis dentales o cualquier otro objeto en la boca habrá que intentar retirarlo por el mismo motivo.

3- Hablar al paciente con voz suave y tranquilizadora para que sienta nuestra compañía hasta que cedan las convulsiones en unos cuantos minutos o hasta la llegada del periodo postcrítico o de somnolencia.

Tratamiento de las crisis convulsivas

En cualquier momento de nuestra vida podemos encontrarnos ante una crisis epiléptica, tanto de una persona conocida o un familiar, como de un desconocido en la calle. El conocimiento de las medidas básicas a tomar en estos casos es fundamental para preservar la integridad física del sujeto que la sufre y favorecer su pronta recuperación.

Como hemos mencionado anteriormente, las crisis convulsivas finalizan con un estado de sopor o sueño profundo que puede prolongarse durante horas y que siempre hay que respetar hasta que se resuelva por sí sólo. Si desconocemos los antecedentes del individuo o si la crisis ha presentado características diferentes a las habituales es necesario el traslado al medio hospitalario para su valoración. En caso de tratarse de epilépticos conocidos que ya han sufrido crisis repetidas y que no presenten signos de gravedad pueden mantenerse en su domicilio y acudir al neurólogo de forma normal en los días sucesivos.

Lo verdaderamente importante de las crisis convulsivas es su prevención, siempre sobre la base de que un enfermo epiléptico estudiado y bien controlado con su medicación no tendría porqué sufrir crisis convulsivas. Por lanío, se entiende que el cumplimiento riguroso de las pautas de medicación y de las revisiones es el punto fundamental para la prevención de las mismas. Existen una serie de situaciones desencadenantes de crisis epilépticas en individuos que ya tienen diagnosticada la enfermedad o bien que tienen predisposición genética a padecerla, que debemos conocer
para que sean evitados. Estas situaciones serían:

• Un consumo excesivo de alcohol o de cualquier otro tipo de droga, como las que se han visto en el tercer capítulo sobre intoxicaciones por sustancias.

• La falta de sueño o cansancio excesivo por diversas actividades físicas.

• Una exposición prolongada a la música alta y luces repetitivas, como por ejemplo en una discoteca.

• La tensión nerviosa excesiva o el estrés acumulado por motivos laborales o familiares.

• La permanencia excesiva ante la televisión, monitores o pantallas de juegos, especialmente en los niños.

• Sufrir un golpe de calor o insolación, sobre todo durante la realización de actividades deportivas.

• Los largos periodos de concentración o estudio y aún más si éstos se acompañan de agitación nerviosa por los resultados que se obtendrán.

• La toma de fármacos incompatibles con los anticonvulsivantes pautados por el médico.

La vida sana y reglada es por tanto el mejor tratamiento que en cualquier caso pueden seguir estos enfermos. Es conveniente recordar que los individuos epilépticos deben llevar siempre encima una nota o una placa que les identifique como tales y en la que se especifique claramente cuáles son los medicamentos que toma en ese momento. Esa información será muy valiosa en caso de accidente.

Las situaciones estresantes que provocan nervios y los periodos prolongados de estudio sin descansar también son desencadenantes de las crisis epilépticas.

Originally posted 2014-07-11 15:28:30.