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Temperatura-Cuerpo-humano

Trastornos de la temperatura

Una de las principales características del ser humano es, al igual que la de otros muchos animales superiores, la de ser homcotermo, es decir, la di poseer la capacidad de mantener constante una temperatura corporal independientemente de la que presente el enlomo que le rodea. Esta capacidad es muy útil en cuanto a que permite mantener unas condiciones estables para el funcionamiento de todas las reacciones químicas que forman el metabolismo. De hecho, una parte del mismo se emplea precisamente en mantener ese calor corporal ajustándose a las condiciones climáticas presentes en cada momento.

El hipotálamo es la región cerebral encargada, entre olías funciones, de regular la temperatura corporal, tanto a través de la detección de la temperatura de la sangre que le llega, como mediante una serie de fibras nerviosas que le conectan con diversos detectores de temperatura distribuidos por todo el i uei po. El cuerpo humano mantiene una temperatura media en torno a los 36,6 °C, con variaciones mínimas según cada individuo, el momento del día y su estado de salud. La piel sin embargo se mantiene a 5J,5 °C de media. Para mantener esa temperatura se necesita principalmente el calor que proviene del metabolismo, o lo que es lo mismo, el calor liberado por las reacciones químicas que continuamente se suceden en nuestras células. Pero ésta no es la única fuente de calor que utilizamos, sino que por el hecho de relacionarnos con el medio ambiente estamos expuestos a pérdidas o ganancias de temperatura.
Frente a estas circunstancias ambientales más o menos fáciles de evitar, el cuerpo humano cuenta con métodos fisiológicos de urgencia que estabilizan su temperatura. Junto con el aumento del metabolismo (concretamente la quema de las grasas de reserva y el glucógeno del hígado) para generar más calor químico interno y la subida o bajada de la tensión arterial, los vasos sanguíneos periféricos responden dilatándose con el calor v contrayéndose
con el frío, exponiendo así al exterior más o menos sangre para que se enfríe o se caliente. La tiritona y/o la necesidad de moverse responden también a un mecanismo defensivo que genera calor en la utilización de la glucosa de las células musculares.
Finalmente, la respiración y la ingesta también aportan su intercambio de calor o de frío según la temperatura del aire que respiramos o de los alimentos que tomamos.
A veces se produce un fracaso en el control de la temperatura debido a múltiples circunstancias, generalmente externas, aunque también como consecuencia de otras patologías. Nos referimos a las características y al tratamiento de cuatro síndromes concretos relacionados con la temperatura hipotermia, la congelación, el golpe de calor y finalmente, la fiebre.

La temperatura corporal en relación al medio ambiente

Radiación: el impacto de los rayos solares sobre el cuerpo o de cualquier fuente electromagnética que aporte calor supone una ganancia de calor, independientemente de la temperatura del aire. Por et contrario, a temperaturas menores, es el cuerpo humano el que irradia calor al exterior, siendo además esta su principal forma de eliminarlo.

Convección: a través del aire envolvente se produce un intercambio de calor acorde a las leyes físicas. Así, una temperatura ambiente mayor a 33,5 °C, es decir, que supera a la de la piel, introduce calor en el organismo, mientras que una temperatura baja del aire que nos rodea se calienta gracias al contacto con nuestro cuerpo.

• Conducción: por el contacto directo con cualquier materia, nuestro cuerpo transmite o gana calor dependiendo de la temperatura de dicha materia y de la sangre que nuestra piel exponga a dicho contacto, según la sensación térmica que tengamos. El agua actúa como un conductor excelente y por tanto peligroso en estos casos.

• Evaporación: consiste en la producción de sudor sobre la piel con el fin de enfriarla al evaporarse éste. Es un mecanismo básico o primario del cuerpo para eliminar calor, más molesto que eficaz. De hecho, con humedades relativas superiores al 60% acompañadas de calor intenso, la evaporación es nula.

Originally posted 2014-07-14 09:55:52.

Convulsión-febril-niños

Fiebre

La fiebre es una elevación de la temperatura corporal por encima de los limites normales que se produce de manera controlada, es decir, que los mecanismos de ajuste de temperatura que se encuentran en el cerebro deciden subir unos grados la misma, pero siguen manteniendo la posibilidad de modificarla. Incluso las variaciones diarias de la temperatura que se producen en una persona sana se siguen presentando en una con fiebre; se trata por tanto de un reajuste del «termostato» unos grados más arriba y no de que se estropee como pasaba en la hipertermia.
Se trata de un mecanismo defensivo frente a las infecciones con el objeto de dificultar las condiciones de vida de los
gérmenes e impedir su reproducción y extensión. Al Igual que sucede con la tos o la inflamación, por poner dos ejemplos, la fiebre es más molesta que útil, si bien es un magnífico signo de alarma para detectar enfermedades y controlar su evolución.

Generalmente las infecciones víricas producen fiebres más alias que las bacterianas. Otras causas de fiebre pueden ser traumatismos craneoencefálicos, tumores evolucionados, vasculitis o fiebres inducidas por ciertos fármacos.
Cuando el hipotálamo detecta ciertas toxinas producidas por los gérmenes es cuando decide comenzar con la elevación de la temperatura como respuesta. Para ello ordena generar calor extra a partir de las fuentes de reserva hasta alcanzar el punto deseado. Pero la fiebre es un síndrome que se acompaña de otros signos y síntomas de forma progresiva según se instaura:

• Se produce una vaso-constricción y un enfriamiento de las extremidades, lo que se manifiesta como escalofríos y temblor. La persona presenta un tono de piel pálido mientras sube la temperatura. Pueden aparecer malestar general
lia como síntomas acompañantes.

• Cuando se alcanza el punto máximo de tempera!ura, comienzan a actuar los mecanismos de pérdida de calor; aparece por tanto vasodilatación y la persona ahora tiene calor, la piel se enrojece y comienza a sudar. Podemos decir que este momento se corresponde con la bajada de temperatura. Puede notarse en esta fase cansancio y
dolor de cabeza. Ambos estados pueden comenzar a alternarse a partir de este momento, si bien el empleo de fármacos antipiréticos y de medidas externas de enfriamiento puede alterar este orden.

Las fiebres muy altas pueden acompañarse también de otros síntomas, como el delirio, confusión y obnubilación de la conciencia, aunque tampoco son tan habituales. En los lactantes y niños muy pequeños pueden aparecer convulsiones, que ya se han estudiado en el capítulo acerca de la perdida de conocimiento.

Tipos de cuadros febriles

• Febrícula o fiebre baja, que es cuando se sitúa la temperatura entre 37-38 °C; es la forma más habitual y aunque suele ser provocada por cuadros leves no por ello debe de ser ignorada. Infecciones prolongadas de difícil diagnóstico y cuadros agudos como la apendicitis pueden cursar con febrícula. No obstante, cuando el resto de los síntomas apunten claramente a otra enfermedad común: catarros, gripes, etc., tam- poco deberíamos darle mayor importancia y se puede combatir con un antitérmico.

• Fiebre propiamente dicha, situada entre 38-41,5 °C; de forma habitual por las tardes y por la noche suele elevarse la temperatura para disminuir otra vez al amanecer. Según sus características (intermitente, en agujas, recurrente) orienta hacia una patología concreta o hacia otra.

• Hiperpirexia o fiebre extrema superior a 41,5 °C; aparece en infecciones muy graves y sobre todo en hemorragias cerebrales. Elevaciones superiores a 43 °C son prácticamente incompatibles con la vida y su detección suele ser más bien un error de medición o una exageración.

Cuando la temperatura baja, comienza un periodo de cansancio y cefalea que forma parte de la convalecencia normal en estos casos.

Cuadros agudos como la apendicitis, o inflamación del apéndice, pueden cursar con fiebre o febrícula. En estos casos es importante no bajar la temperatura hasta que se haya establecido un diagnóstico.

Tratamiento

Como decíamos anteriormente, la fiebre es un signo molesto que se tiende a tratar en iodos los casos en la actualidad. Aunque la mayoría de las veces la liebre no aporta mucho desde el punto de vista defensivo, no conviene olvidar que nos informa acerca del estado general de la infección y de su evolución. Por tanto, el deseo de bajar de cualquier modo una fiebre baja o febrícula tampoco es recomendable. Al eliminar la fiebre con antipiréticos, dado que estos fármacos son también analgésicos, podemos enmascarar un cuadro peligroso que parece curado, al desaparecer tanto la liebre como el dolor.
Cuando el diagnóstico inicial o aproximado de la infección que se padece esté realizado o se sospeche claramente, procederemos a tratar la fiebre. En primer lugar, recurriremos a los antipiréticos o también llamados fármacos antitérmicos.
Cuando se comienzan a tomar fármacos de este tipo, es conveniente seguir una paula lija y, al menos durante los primeros días tomarlo a las horas establecidas se tenga o no fiebre. Es más sencillo mantener la temperatura baja, que bajarla cuando se dispara. Cuando con los tratamientos habituales la fiebre no cede o se eleva por enci-
ma de 41 °C debe consultarse de nuevo al médico para que se revise el diagnóstico y el tratamiento. Fs preciso comprobar que la fiebre no se acompañe de signos de alarma graves como vómitos muy potentes, pérdi-
da de consciencia, rigidez en la nuca o manchas en la piel.

las medidas caseras que pueden servir a ayudar a bajar la temperatura son el empleo de paños o compresas irías, las friegas con alcohol, los baños de agua fresca o simplemente desprenderse de las ropas. Sudar la fiebre estando en cama bien abrigado puede resultar muy útil para acortar el tiempo de recuperación, pero siempre se cion, pero siempre se tomará la precaución de cambiar la ropa y las sábanas si se humedecen para evitar así que el paciente pueda enfriarse.
Durante los periodos febriles la hidratación abundante es fundamental. Además, no se debe olvidar que la habitación de un enfermo debe estar bien ventilada, procurando hacerlo sin que  este se resienta por el frío. Los niños pequeños suelen tener cuadros de fiebre más alta que los adultos, incluso aunque la enfermedad no revista gravedad alguna. Su tratamiento, siempre bajo la supervisión del pediatra, será el mismo que el de los adultos, pero con antipiréticos y antitérmicos infantiles y con medios más físicos, como los baños. A pesar de los cuadros febriles exagerados, los padres deben conservar la calma y seguir las instrucciones del personal sanitario. Eso sí, cuando se observe en un niño fiebre alta sin causa aparente, siempre será obligada la visita médica.

Un baño de agua templada y friegas con compresas frías en la frente, la nuca y las muñecas son los remedios físicos más eficaces para bajar la fiebre tanto en niños como en adultos.

Antipiréticos y antitérmicos más frecuentes

Paracetamol: posee propiedades analgésicas y antipiréticas, pero no es un antiinflamatorio, como ocurre con la aspirina. Se trata de un fármaco seguro y eficaz tanto en adultos como en niños, siendo sólo las afectaciones hepáticas su única contraindicación posible. Se puede emplear en casos de fiebre rebelde a dosis de hasta un gramo cada seis horas.

Aspirina: el ácido acetilsalicílico es también un potente antitérmico, aunque su empleo ha sido desplazado en los últimos años por el paracetamol, sobre todo en niños, donde se puede asociar a ciertos síndromes hepáticos. Además existen muchas personas alérgicas a su principal componente químico, lo que le hace más impopular. Como todo antiinflamatorio, este ácido puede dañar la mucosa digestiva y asociarse a úlceras y hemorragias. No obstante, es un medicamento eficaz que suele utilizarse para tratar el dolor y la fiebre. La dosis recomendable es de 500 mg cada seis horas en los adultos.

Otros antiinflamatorios: ibuprofeno, naproxeno. diclofenaco, piroxicam, ketorolaco y en general el resto
de fármacos de este grupo actúan como antitérmicos por el mismo mecanismo de la aspirina, y como ella presentan sus mismos riesgos secundarios. El más conocido de todos es el ibuprofeno, un analgésico, antipirético y antiinflamatorio cuya dosis en los adultos se establece entre 400 y 600 mg cada cuatro o seis horas.

Metamizol magnésico: empleado comúnmente como analgésico, posee también una importante actividad para descender la fiebre y afecta muy poco al sistema digestivo. En adultos, la dosis es de uno o dos gramos cada ocho horas.

Originally posted 2014-07-14 11:05:19.

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