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Convulsiones febriles

Se denominan así a un tipo concreto de convulsiones que aparecen en el 5-5% de la población infantil entre los seis meses y los seis años de edad, con un pico máximo de incidencia entre los 18 y los 24 meses. Los antecedentes familiares de epilepsia podrían favorecer su aparición. Se trata de crisis generalizadas, es decir, producidas por una dessube de forma rápida la curva de la temperatura o de la liebre.
El tratamiento consiste en prevenir esa subida de la temperatura durante los procesos infecciosos de una manera más controlada que en el resto de los niños. El problema es que hasta que no se produce la primera crisis no sabemos de la existencia de las mismas, por lo que al menos había que pasar esta angustiosa experiencia una vez.
Cuando se presenta una crisis convulsiva febril hay que tratar de mantener la calma, lo que resulta difícil para cualquier padre o madre. A pesar de la apariencia aparatosa del cuadro, no hav que zarandear al niño ni tratar de estimularlo con movimientos o gritos, nunca debemos perder la calma, sino todo lo contrario. Simplemente hay que proteger al pequeño entre los brazos hasta que cedan las convulsiones y acercarnos después al hospital o al centro de salud para explicar el proceso con la mayor exac-titud posible y que le hagan un reconocimiento, consistente en hacer una historia clínica completa y cuidadosa y un examen físico de los aspectos neurológicos, a veces por medio de una punción lumbar que descarte una meningoencefalitis. También descartará intoxicaciones y traumatismos craneoencefálicos que puedan haber provocado la crisis. Cuando las convulsiones febriles sean más complejas, será examinado por el neuropediatra. Si se trata de crisis conocidas, el pediatra nos habrá proporcionado
unos enemas especiales de diacepam, un ansiolítico, que frenarán la crisis de forma rápida y eficaz. Posteriormente, iniciaremos las medidas habituales para bajar la temperatura corporal, especialmente el uso de fármacos antitérmicos como el paracetamol 0 el ibuprofeno.
Una convulsión febril simple suele ser un suceso aislado que no tiende a repetirse, sobre todo si se toman las precauciones adecuadas. De hecho, rara vez se ingresan en el hospital para estudio, lo que se reserva para aquellos casos en los que los niños repiten varias crisis poso al tratamiento y se sospecha por tanto que pudiera tratarse de una forma de epilepsia juvenil. En la mayoría de los casos las crisis febriles son transitorias durante la infancia, no prolongándose más allá de los cinco años y en casi ningún caso se transforman después en epilepsia durante la vida adulta.

Por difícil que emocionalmente pueda resultar a los padres, ante una convulsión febril de un niño se debe mantener siempre la calma.

Originally posted 2014-07-11 15:45:49.

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Hipotermia

Se define de manera simple la hipotermia como aquella sil nación en la que la temperatura del organismo desciende por debajo de 35 ºC marcando el comienzo del fracaso de los mecanismos de regulación térmica que ya hemos mencionado anteriormente.
La hipotermia puede deberse a un descenso excesivo y prolongado de la temperatura ambiental o a una enfermedad grave que impida la actuación del hipotálamo cerebral, que como ya sabemos es el centro regulador.
Además del simple hecho de exponerse al frío, existen varias circunstancias que pueden agravar la respuesta al mismo y producir por tanto hipotermia y congelación con mayor facilidad. Entre éstas cabe destacar:

Las condiciones ambientales: la intensidad del frío, el viento, la humedad o la mojadura, la altitud (más frío cuanta más altura) y en general el tiempo de exposición a todos estos factores determina la gravedad de una hipotermia.

La edad: los niños recién nacidos no son capaces de responder de forma adecuada al frío por la falta de madurez de los sistemas encargados de generar y conservar el calor. Los ancianos también pueden perder la eficacia de dichos sistemas si se asocian circunstancias como la inmovilidad, la demencia o la presencia de patologías crónicas. Por estos motivos, tanto a los niños como a los ancianos, especialmente si están enfermos, se les debe mantener vigilados, de manera que se les abrigue o se les retire la ropa siempre que la situación meteorológica cambie o al entrar en un lugar con calefacción o aire acondicionado.

El estado nutricional y físico: la falta de grasa corporal o de reservas energéticas impide la termogénesis o generación de calor a partir de su movilización y quema. La presencia de fatiga o cansancio extremo por andar o nadar determina también la llegada precoz de este cuadro. Por este motivo, las personas que sufren trastornos ali-
menticios como la anorexia y llegan a una delgadez extrema, siempre sienten frío, ya que carecen de reservas de grasa.

La protección empleada: la mayor parte de las muertes por congelación hoy en día se deben a exposiciones prolongadas al frío con un material de abrigo insuficiente, especialmente al caer la noche o con vientos gélidos. Los montañeros deben extremar las precauciones en sus salidas por mucha experiencia que tengan.

La ingesta de alcohol: si bien un trago de una bebida alcohólica puede hacer entrar en calor a una persona al proporcionarle una fuente energética rápida, no debemos olvidar que el alcohol es un vaso-dilatador, por lo que a la larga, una toma exagerada del mismo produce aún mayor hipotermia y agrava los efectos sobre la consciencia. Cuadros similares pueden describirse con el uso de otras drogas que tengan electos parecidos a los del alcohol, como los barbitúricos y los sedantes.

Algunas enfermedades: el hipotiroidismo, la insuficiencia de las glándulas suprarrenales y la hipoglucemia, por ejemplo, pueden acompañarse por si mismas de un descenso de la temperatura corporal y agravar por tanto una congelación. El infarto de miocardio, las quemaduras o las lesiones de la médula ósea también pueden desenca-
denar hipotermia; por ello siempre se insiste cuando hablamos de primeros auxilios en que hay que cubrir con una manta a cualquier herido, accidentado o enfermo grave. Por último, tengamos en cuenta que ante el frío, muchas enfermedades empeoran, como las alecciones de garganta, los problemas en la piel, etc.

Una temperatura invernal puede producir hipotermia si se está mucho tiempo expuesto al frío sin suficiente ropa de abrigo o si ésta no es la adecuada para temperaturas muy bajas o mucha humedad.

El sistema termorregulador de los recién nacidos es aún precario, por lo que no se defienden bien del trío ni del calor por sí solos.

Tomar alcohol en exceso puede agravar un cuadro de hipotermia, ya que es un vasodilatador y como tal. puede descender más la temperatura corporal.

 

Tipos de hipotermia atendiendo a su gravedad
Hipotermia leve: es aquella en la que la temperatura corporal se sitúa entre 35 y 32 °C. Se produce primeramente una alteración global de las funciones intelectuales con amnesia y apatía. La tensión arterial empieza a subir como consecuencia de la vasoconstricción generalizada. Comienza un temblor muscular que con el paso de los minutos se hace agotador.

Hipotermia moderada: cuando la temperatura se encuentra entre 32 y 28 °C. El nivel de consciencia disminuye, las pupilas se dilatan y el afectado comienza a tener actitudes extrañas y desesperadas. El pulso se desacelera, as como la función cardiaca, pudiendo aparecer arritmias del corazón. El consumo de oxigeno y la producción de dióxido de carbono disminuyen y portanto el ritmo respiratorio lo hace con ellos. Cede la tiritona y empieza a aparecer rigidez muscular.

Hipotermia grave: se produce cuando la temperatura desciende por debajo de los 28 °C y por tanto el riesgo de muerte o secuelas graves es evidente. La actividad cerebral disminuye hasta desaparecer casi por completo, el corazón comienza a fallar manteniendo un ritmo hasta ese momento muy irregular. Desaparece cualquier movimiento o signo de actividad nerviosa.

Tratamiento 

Como siempre el mejor tralamiento posible es la prevención, en este caso basada no sólo en la utilización de la ropa de abrigo adecuada, sino también en el conocimiento del medio por el que se va a excursionar. A la larga, de nada sirven las ropas especiales ni cualquier otro objeto si por error de cálculo, mala suerte o desconocimiento un individuo se expone mucho tiempo al 1 río intenso, ya que la muerte es segura si no es rescatado a tiempo. Por tanto es necesario que las visitas a la montaña sean bien planificadas y comunicadas a las autoridades de rescate y que cuenten con medios adecuados para tratar las principales complicaciones que pueden surgir. La ropa de abrigo debe cumplir una serie de condiciones mínimas para ser adecuada: debe principalmente aislar del viento y de la humedad,
que son las dos formas más rápidas de perder calor que tenemos en estas circunstancias, ya que el calor irradiado por nuestro cuerpo se mantiene gracias al abrigo de la ropa. Nunca deben usarse ropas prietas o muy ajustadas que permitan la pérdida de ¡or o la entrada de frío por conducción; se deben dejar colchones de aire entre la ropa, lo que actúa como un buen aislante.
Es por tanto más útil llevar varias capas de ropa fina superpuestas que una sola, aunque sea muy gruesa. Si se moja una parte del cuerpo, aunque sólo sea por el propio sudor, se debe cambiar la ropa tan pronto como sea posible.

Algunos signos y síntomas deben servirnos para detectar en nosotros mismos o en un compañero de escalada el inicio de un cuadro de hipotermia, con el fin de terminar la expedición si es posible o de tomar medidas preventivas. Estos signos según avanza la gravedad del cuadro son:

• Sensación de frío intensa que no cede con el esfuerzo físico y que no se acompaña de sudor, hasta el punto de impedir cualquier actividad que no esté destinada a calentarse.

• Aparición de lenguaje confuso o ininteligible. Aparecen continuas quejas por la dureza del terreno y un gran pesimismo en cuanto al logro de los objetivos propuestos.

• Torpeza en los movimientos con tropiezos continuos, descoordinación y lentitud respecto al resto y respecto a uno mismo en condiciones normales.

• Actitud negativa o incluso agresiva del afectado con incapacidad para razonar y actos extraños como desprotegerse del frío o echarse a dormir sin querer escucharlos consejos de los compañeros.
Antes de mencionar las medidas básicas para tratar la hipotermia conviene señalar que si bien la alta montaña es el lugar más típico donde se presenta este cuadro, no es el único. También se describen un buen número de hipotermias en nadadores, accidentales o no, incluso con protección especial para el agua. Recordemos que el agua es un excelente conductor que extrae de nuestro cuerpo el calor a gran velocidad y por este motivo se usan las piscinas en
verano. Así, un individuo que permanezca en el agua a 8-10 ºC muere por hipotermia en 15-30 minutos aunque nade o se mueva; incluso con traje aislante de neopreno tendrá que vigilar el tiempo de inmersión.

Llevar ropa de abrigo adecuada al medio, que aisle del viento y la humedad, es la mejor prevención ante la posible hipotermia.

Modos de actuación ante una hipotermia

1- Emprender primeramente el retorno hacia un refugio más cálido por el propio pie o ayudado por los compañeros.
Solicitar ayuda a Protección Civil o a la autoridad competente e incluso, en caso de necesidad, la ayuda de cualquier persona cercana.

2- Retirar las ropas húmedas y sustituirlas por otras secas o impermeables, o por ninguna si no se tienen a mano, siempre y cuando se está ya en un medio más cálido. Es preferible estar desnudo y seco que mantener las ropas mojadas sobre el cuerpo. Las mantas de aluminio son especialmente útiles en estos casos y son muy fáciles de transportar porque no pesan ni ocupan espacio, generalmente son las que utilizan los equipos de salvamento. Cubrir la cabeza, ya que es una fuente muy importante de pérdida de calor.

3- Comprobar la respiración y el pulso para descartar una parada cardiorrespiratoria; si ésta sucede, comenzar con las maniobras de resucitación que se detallan en Salud y bien-estar.

4- Comenzar con el recalentamiento propiamente dicho, dando a beber primeramente bebidas calientes al sujeto siempre que mantenga un nivel de consciencia aceptable, poniendo cuidado en que nunca sean bebidas alcohólicas, sino más bien algún caldo, infusiones, etc.

5- Si la hipotermia es leve y se traslada al individuo a un ambiente en torno a los 22-23 °C, basta con las medidas anteriores, ya que recuperará un grado de temperatura por hora y la mejoría será rápida. Si la hipotermia es
más grave será necesario un recalentamiento más activo mediante la aplicación de ropas calientes o bolsas de agua; este calor no debe proporcionarse sólo en las extremidades, aunque parezcan las zonas más frías, sino también en el tórax y el cuello con el fin de subir la temperatura central al mismo tiempo.

6- Nunca se debe sumergir al individuo en agua caliente si existiese dicha posibilidad, ya que pueden producirse trastornos cardíacos fatales. Pueden utilizarse las cantimploras para llenarlas de agua caliente y ponerlas entre las ropas de la víctima o usar bolsas de agua caliente, pero poniendo cuidado de que nunca entren en contacto directo con la piel.

7- En casos más desesperados, nuestro propio cuerpo puede transmitirte calor a la víctima manteniéndola apretada contra nosotros a cortos intervalos y frotándole el cuerpo con las manos. También se puede introducir aire caliente mediante el boca a boca.

Originally posted 2014-07-14 10:32:52.

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Congelación

La congelación se produce cuando algún tejido o región periférica de un individuo alcanza una temperatura de 0ºC, es decir, se hiela o se congela literalmente, lo que produce un cuadro clínico diferente, pero acompañante al de la hipotermia. La congelación puede presentarse dentro de cualquier fase de la hipotermia o incluso sin signos de la misma, simplemente por el hecho de que una zona corporal quede expuesta a temperaturas bajo cero durante el tiempo suficiente. Así, un montañero puede mantener una temperatura central aceptable mientras que los dedos de sus manos o de sus pies se están congelando probablemente sin que ni siquiera se dé cuenta. También la nariz y las orejas pueden congelarse con facilidad, ya que son partes del cuerpo que están «alejadas» del sistema de irrigación sanguínea y por ese motivo también es fácil que sintamos frías las manos y los pies o que nos enrojezcan la nariz o las orejas cuando hace frío mucho antes que cualquier otra parte del cuerpo.
En los casos graves, cuando un tejido se congela, se forman cristales de hielo en su interior a partir del liquido celular, lo que desemboca en la destrucción de la célula y la afectación de las terminaciones nerviosas y de los vasos sanguíneos que llegan a la zona. Al romperse la vascularización, los tejidos progresivamente se mueren o necrosan, proceso que puede durar incluso semanas, llegándose desgraciadamente a veces a las amputaciones para prevenir la
gangrena. In un primer momento la congelación se acompaña de adormecimiento o acorchamiento de la zona, para con posterioridad aparecer un profundo dolor.
En los casos más leves en los que no llega a producirse realmente la congelación, pero sí la exposición al Brío prolongado de las extremidades, aparecen típicamente des tipos de lesiones:

• Los sabañones o pernios son lesiones de los dedos y del dorso de la mano secundarias a frío seco y más típicas de mujeres jóvenes, especialmente con antecedentes de enfermedades reumáticas articulares. La lesión principal subyacente es sobre las terminaciones nerviosas y los vasos sanguíneos, lo que se manifiesta en la piel como pía
cas eritematosas que después se tornan violáceas, picor, edema y dolor con pérdida de sensibilidad.

• El pie de inmersión, también llamado de trinchera, se debe por el contrario a la exposición a un frió húmedo pro-
longado, especialmente en vagabundos o soldados en guerras. En forma típica, la región afectada se torna fría, azulada y edematosa pudiendo aparecer después ampollas y ulceras. Si no se remedia a tiempo se produce una gangrena final similar a la de las congelaciones. El proceso de descongelación debe mantenerse durante varias horas pese a que parezca que la zona retorna a la normalidad. Al aplicarse calor y comenzar a ceder el cuadro se reestablece la circulación sanguínea y la sensibilidad, lo que provoca la llegada del dolor; es entonces cuando erróneamente se abandonan muchas veces los tratamientos. Las congelaciones graves en las que se demora el traslado a un centro hospitalario pueden complicarse sobremanera con trombosis, edemas, dolores hitensos e infecciones y, pese al tratamiento oportuno que se establezca para cada una de ellas, ser necesaria finalmente la amputación múltiple de falanges.
Como se recomienda siempre, lo mejor es tomar medidas preventivas no exponiéndose innecesariamente a bajas temperaturas y si no queda más remedio que hacerlo, tomar la precaución de utilizar siempre ropa y materiales adecuados para la protección general y muy especialmente, de dedos, nariz y orejas.

Las personas sin techo expuestas a los rigores medioambientales pueden desarrollar fácilmente el llamado «pie de inmersión».

Si el montañero no lleva un calzado adecuado sus dedos pueden congelarse incluso aunque el resto del cuerpo mantenga una temperatura óptima.

Modos de actuación ante un caso de congelación

1- Evitar la utilización de la zona congelada, es decir, no caminar sobre pies que hayan sufrido este cuadro ni utilizar las manos salvo lo imprescindible.

2- Proporcionar alimentos y bebidas calientes tan pronto como se tome refugio. La hidratación es fundamental en
estos casos; recordemos que no se debe beber alcohol cuando existe la sospecha de congelación.

3- No masajear las zonas afectadas ni con nieve ni con nada en general; simplemente descubrirlas una vez llegado a un ambiente cálido.

4- Si la lesión es leve con poca pérdida de sensibilidad y movilidad, se debe dejar que poco a poco se calienten las extremidades v retomen su color y funcionamiento normal; de este modo, el riego sanguíneo se normalizará. Si la lesión es más grave, será necesario recalentar la zona mediante inmersión de la misma en agua a 40 °C o con una manta eléctrica. Siempre se tendrá mucho cuidado con acercar demasiado las manos o pies a una hoguera, ya que la insensibilidad de la zona puede hacer que no se aprecie una quemadura y se empeore el pronóstico.

Originally posted 2014-07-14 10:41:15.

Convulsión-febril-niños

Fiebre

La fiebre es una elevación de la temperatura corporal por encima de los limites normales que se produce de manera controlada, es decir, que los mecanismos de ajuste de temperatura que se encuentran en el cerebro deciden subir unos grados la misma, pero siguen manteniendo la posibilidad de modificarla. Incluso las variaciones diarias de la temperatura que se producen en una persona sana se siguen presentando en una con fiebre; se trata por tanto de un reajuste del «termostato» unos grados más arriba y no de que se estropee como pasaba en la hipertermia.
Se trata de un mecanismo defensivo frente a las infecciones con el objeto de dificultar las condiciones de vida de los
gérmenes e impedir su reproducción y extensión. Al Igual que sucede con la tos o la inflamación, por poner dos ejemplos, la fiebre es más molesta que útil, si bien es un magnífico signo de alarma para detectar enfermedades y controlar su evolución.

Generalmente las infecciones víricas producen fiebres más alias que las bacterianas. Otras causas de fiebre pueden ser traumatismos craneoencefálicos, tumores evolucionados, vasculitis o fiebres inducidas por ciertos fármacos.
Cuando el hipotálamo detecta ciertas toxinas producidas por los gérmenes es cuando decide comenzar con la elevación de la temperatura como respuesta. Para ello ordena generar calor extra a partir de las fuentes de reserva hasta alcanzar el punto deseado. Pero la fiebre es un síndrome que se acompaña de otros signos y síntomas de forma progresiva según se instaura:

• Se produce una vaso-constricción y un enfriamiento de las extremidades, lo que se manifiesta como escalofríos y temblor. La persona presenta un tono de piel pálido mientras sube la temperatura. Pueden aparecer malestar general
lia como síntomas acompañantes.

• Cuando se alcanza el punto máximo de tempera!ura, comienzan a actuar los mecanismos de pérdida de calor; aparece por tanto vasodilatación y la persona ahora tiene calor, la piel se enrojece y comienza a sudar. Podemos decir que este momento se corresponde con la bajada de temperatura. Puede notarse en esta fase cansancio y
dolor de cabeza. Ambos estados pueden comenzar a alternarse a partir de este momento, si bien el empleo de fármacos antipiréticos y de medidas externas de enfriamiento puede alterar este orden.

Las fiebres muy altas pueden acompañarse también de otros síntomas, como el delirio, confusión y obnubilación de la conciencia, aunque tampoco son tan habituales. En los lactantes y niños muy pequeños pueden aparecer convulsiones, que ya se han estudiado en el capítulo acerca de la perdida de conocimiento.

Tipos de cuadros febriles

• Febrícula o fiebre baja, que es cuando se sitúa la temperatura entre 37-38 °C; es la forma más habitual y aunque suele ser provocada por cuadros leves no por ello debe de ser ignorada. Infecciones prolongadas de difícil diagnóstico y cuadros agudos como la apendicitis pueden cursar con febrícula. No obstante, cuando el resto de los síntomas apunten claramente a otra enfermedad común: catarros, gripes, etc., tam- poco deberíamos darle mayor importancia y se puede combatir con un antitérmico.

• Fiebre propiamente dicha, situada entre 38-41,5 °C; de forma habitual por las tardes y por la noche suele elevarse la temperatura para disminuir otra vez al amanecer. Según sus características (intermitente, en agujas, recurrente) orienta hacia una patología concreta o hacia otra.

• Hiperpirexia o fiebre extrema superior a 41,5 °C; aparece en infecciones muy graves y sobre todo en hemorragias cerebrales. Elevaciones superiores a 43 °C son prácticamente incompatibles con la vida y su detección suele ser más bien un error de medición o una exageración.

Cuando la temperatura baja, comienza un periodo de cansancio y cefalea que forma parte de la convalecencia normal en estos casos.

Cuadros agudos como la apendicitis, o inflamación del apéndice, pueden cursar con fiebre o febrícula. En estos casos es importante no bajar la temperatura hasta que se haya establecido un diagnóstico.

Tratamiento

Como decíamos anteriormente, la fiebre es un signo molesto que se tiende a tratar en iodos los casos en la actualidad. Aunque la mayoría de las veces la liebre no aporta mucho desde el punto de vista defensivo, no conviene olvidar que nos informa acerca del estado general de la infección y de su evolución. Por tanto, el deseo de bajar de cualquier modo una fiebre baja o febrícula tampoco es recomendable. Al eliminar la fiebre con antipiréticos, dado que estos fármacos son también analgésicos, podemos enmascarar un cuadro peligroso que parece curado, al desaparecer tanto la liebre como el dolor.
Cuando el diagnóstico inicial o aproximado de la infección que se padece esté realizado o se sospeche claramente, procederemos a tratar la fiebre. En primer lugar, recurriremos a los antipiréticos o también llamados fármacos antitérmicos.
Cuando se comienzan a tomar fármacos de este tipo, es conveniente seguir una paula lija y, al menos durante los primeros días tomarlo a las horas establecidas se tenga o no fiebre. Es más sencillo mantener la temperatura baja, que bajarla cuando se dispara. Cuando con los tratamientos habituales la fiebre no cede o se eleva por enci-
ma de 41 °C debe consultarse de nuevo al médico para que se revise el diagnóstico y el tratamiento. Fs preciso comprobar que la fiebre no se acompañe de signos de alarma graves como vómitos muy potentes, pérdi-
da de consciencia, rigidez en la nuca o manchas en la piel.

las medidas caseras que pueden servir a ayudar a bajar la temperatura son el empleo de paños o compresas irías, las friegas con alcohol, los baños de agua fresca o simplemente desprenderse de las ropas. Sudar la fiebre estando en cama bien abrigado puede resultar muy útil para acortar el tiempo de recuperación, pero siempre se cion, pero siempre se tomará la precaución de cambiar la ropa y las sábanas si se humedecen para evitar así que el paciente pueda enfriarse.
Durante los periodos febriles la hidratación abundante es fundamental. Además, no se debe olvidar que la habitación de un enfermo debe estar bien ventilada, procurando hacerlo sin que  este se resienta por el frío. Los niños pequeños suelen tener cuadros de fiebre más alta que los adultos, incluso aunque la enfermedad no revista gravedad alguna. Su tratamiento, siempre bajo la supervisión del pediatra, será el mismo que el de los adultos, pero con antipiréticos y antitérmicos infantiles y con medios más físicos, como los baños. A pesar de los cuadros febriles exagerados, los padres deben conservar la calma y seguir las instrucciones del personal sanitario. Eso sí, cuando se observe en un niño fiebre alta sin causa aparente, siempre será obligada la visita médica.

Un baño de agua templada y friegas con compresas frías en la frente, la nuca y las muñecas son los remedios físicos más eficaces para bajar la fiebre tanto en niños como en adultos.

Antipiréticos y antitérmicos más frecuentes

Paracetamol: posee propiedades analgésicas y antipiréticas, pero no es un antiinflamatorio, como ocurre con la aspirina. Se trata de un fármaco seguro y eficaz tanto en adultos como en niños, siendo sólo las afectaciones hepáticas su única contraindicación posible. Se puede emplear en casos de fiebre rebelde a dosis de hasta un gramo cada seis horas.

Aspirina: el ácido acetilsalicílico es también un potente antitérmico, aunque su empleo ha sido desplazado en los últimos años por el paracetamol, sobre todo en niños, donde se puede asociar a ciertos síndromes hepáticos. Además existen muchas personas alérgicas a su principal componente químico, lo que le hace más impopular. Como todo antiinflamatorio, este ácido puede dañar la mucosa digestiva y asociarse a úlceras y hemorragias. No obstante, es un medicamento eficaz que suele utilizarse para tratar el dolor y la fiebre. La dosis recomendable es de 500 mg cada seis horas en los adultos.

Otros antiinflamatorios: ibuprofeno, naproxeno. diclofenaco, piroxicam, ketorolaco y en general el resto
de fármacos de este grupo actúan como antitérmicos por el mismo mecanismo de la aspirina, y como ella presentan sus mismos riesgos secundarios. El más conocido de todos es el ibuprofeno, un analgésico, antipirético y antiinflamatorio cuya dosis en los adultos se establece entre 400 y 600 mg cada cuatro o seis horas.

Metamizol magnésico: empleado comúnmente como analgésico, posee también una importante actividad para descender la fiebre y afecta muy poco al sistema digestivo. En adultos, la dosis es de uno o dos gramos cada ocho horas.

Originally posted 2014-07-14 11:05:19.

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Clasificación de las quemaduras

Sea cual sea el origen de la quemadura, el efecto sobre la piel y los tejidos subyacentes es siempre el mismo: un exceso de calor que desnaturaliza los tejidos, especialmente las proteínas que les sirven de sostén, y
una evaporación inmediata de los líquidos tisulares y la consecuente deshidratación.
Por tanto, de forma general, podemos decir que una quemadura produce tres tipos de complicaciones:

• La de la propia lesión en sí misma, es decir, la pérdida de continuidad en la piel por desaparición de tejido que se ha quemado dejando una puerta abierta a las infecciones. Hablaríamos entornes de quemaduras superficiales.

• La afectación directa de órganos vitales internos que pueden perder parte de su anatomía y deteriorarse así su funcionamiento. Estaríamos hablando en este caso de quemaduras internas.

• La deshidratación del organismo por la pérdida brusca de líquido que tendría una repercusión más generalizada sobre el delicado equilibrio de agua y sales minerales indispensable para la vida. Serían por tanto quemaduras sistémicas, en las que todo el organismo se afecta, pese a que la lesión se localice sólo en ciertos puntos.
Para valorar la gravedad de una quemadura se deben atender a dos cuestiones fundamentales como son la extensión y la profundidad de la misma:

• La extensión de una quemadura es un factor pronóstico fundamental, puesto que permite medir la repercusión real que va a tener la lesión sobre el organismo. Así, a mayor superficie afectada, mayor riesgo de exposición a infecciones potencialmente graves, al mismo tiempo que se ofrece una ventana más amplia para que se evapore el agua. Es importante saber que tras una quemadura intensa, la temperatura de las zonas afectadas se mantiene elevada durante mucho tiempo, es decir, que el daño sigue extendiéndose con posterioridad «íl contacto inicial. Para calcular el porcentaje de superficie corporal que se ha quemado podemos recurrir de forma sencilla a la regla de la palma de la mano, sabiendo que la superficie de esta equivale de forma aproximada al 1% del tolal del cuerpo.

Grados de quemaduras según su profundidad

Quemaduras de primer grado: son aquellas que afectan únicamente a la capa externa de la piel o epidermis. Se manifiestan en forma de eritema o enrojecimiento de la misma sin acompañarse de edema. La lesión no forma ampollas, pero sí resulta muy dolorosa. Cura de forma espontánea al cabo de una semana sin cicatrices residuales, pudiendo persistir una zona más pigmentada coincidiendo con la quemadura durante algún tiempo, aunque finalmente termina por desaparecer.

Quemaduras de segundo grado: son aquellas en las que se afecta siempre la dermis o capa interna de la piel, pudiendo alcanzar diversas formas de gravedad según sea la penetración parcial o total de esta capa. El aspecto de la lesión varía desde un enrojecimiento e inflamación de la piel hasta la formación de flictenas pálidas (ampollas que contienen líquido) que desembocan en una escara o costra gruesa que puede tardar más de un mes en curar. Son de peor pronóstico aquéllas  que afectan al tercio más interno de la dermis, ya que pueden destruir las glándulas sebáceas y el pelo, dejando con probabilidad cicatrices severas durante su curación que durarán en muchos casos toda la vida. La sensibilidad y el dolor a la palpación son síntomas aún más intensos que en la forma anterior.

Quemaduras de tercer grado: se caracterizan por la destrucción de la piel en todo su espesor, incluyendo los anejos de la misma e incluso llegando a interesar a tejidos subyacentes. De forma característica, se produce una escara seca que se torna de blanquecina a negra y que se acompaña de una trombosis venosa visible a tra- vés de la piel. El tejido muerto o necrótico adquiere un color negruzco y pierde la sensibilidad, permaneciendo un dolor en la zona circundante donde la quemadura ha sido de menor grado, pero no donde existe mayor gravedad. La cicatriz residual está siempre presente, pudiendo adoptar un aspecto irregular o hipertrófico muy antiestético denominado queloide. Estas cicatrices son muy rebeldes a cualquier tratamiento y, aunque si no ha pasado mucho tiempo, podrían mejorar con la aplicación de aceite de rosa mosqueta, en general no suelen desaparecer, salvo con cirugía estética.

• Algunas clasificaciones incluyen quemaduras de cuarto y quinto grado para referirse a aquéllas que penetran más allá de la dermis, alcanzando las fascias que envuelven a los músculos, a éstos mismos e incluso hasta el propio hueso. Ante un cuadro de esta gravedad, muchos se refieren a carbonización y no a quemadura. Su tratamiento incluye siempre un injerto de piel, puesto que el tejido se destruye por completo y no puede ser curado.

Originally posted 2014-07-11 11:44:39.

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Quemaduras

La piel, junto con sus anejos, representa una barrera diferenciadora entre el interior del organismo y el medio ambiente que nos rodea, y como tal, cualquier interrupción en la continuidad de la misma supone un riesgo para la salud. listas interrupciones pueden deberse en ocasiones a heridas o traumatismos que laceren alguna o todas las capas de la piel o,
como nos ocupa en este caso, a agresiones localizadas o generales de éste órgano por medios físicos o químicos que provoquen una alteración de su integridad. Se define por tanto la quemadura como la pérdida de sustancia o descomposición de la superficie corporal como consecuencia del contacto de la misma con un agente externo que supera sus límites de tolerancia. Dentro de esta definición debemos extendernos más en aclarar sus puntos fundamentales. El primero es que una quemadura supone una pérdida parcial o total de la integridad de la piel y por tanto de sus propiedades, pudiendo en easos extremos llegar la agresión hasta estructuras más internas como el músculo. los órganos internos e incluso los huesos. En segundo lugar, si bien asociamos a calor, no siempre es el
exceso de temperatura el causante de la misma, sino que existen otros agentes responsables que también pueden inducir la aparición de este tipo de lesión.

Tipos de quemaduras

Quemaduras térmicas: producidas por elevaciones o descensos de la temperatura ambiente, o bien por contacto de la superficie de la piel con un objeto que le trasmite precisamente frío o calor durante el suficiente tiempo como para desequilibrar su estado natural. Igualmente pueden transmitirse mediante convección de chorros de aire a temperaturas extremas sin que medie un contacto físico directo. Se trata del tipo más frecuente de quemaduras accidentales, siendo en la mitad de los casos el fuego el responsable de las mismas y, en menor porcentaje, otras causas, como la escaldadura con líquidos calientes que se caen o la congelación de las extremidades. Debemos tener siempre en cuenta que una quemadura no sólo que es igual de frecuente que surja por temperaturas extremas de frío.

Quemaduras por radiación: se incluyen principalmente en este apartado todas aquellas lesiones de la piel secundarias a un exceso de radiación solar sobre la misma, es decir, las típicas quemaduras debidas a una exposición exagerada al sol o a un viento excesivamente cálido de forma prolongada, muy propias de periodos vacacionales estivales en la playa o invernales, en las estaciones de esquí y entre los montañeros. Son por tanto mayoritariamente evitables, si bien cualquier piel que no sea negra tiene un límite de absorción de luz solar aunque se use protección, por lo que en situaciones extremas las quemaduras son inevitables. No obstante siempre se deben utilizar cremas con un factor de protección solar adecuado al tipo de piel. Además de producir un envejecimiento de la piel, las lesiones de la misma por un exceso de sol suponen un factor de riesgo a medio y largo plazo para el desarrollo de tumores cancerígenos malignos y otras enfermedades de la piel. De forma mucho menos frecuente se producen también quemaduras por radiaciones de tipo ionizante, generalmente en el ámbito laboral, relacionadas con escapes de radiación nuclear en instalaciones o transportes que emplean esta energía, por lo que los trabajadores de este sector han de tomar todo tipo de precauciones y no bajar nunca la guardia por mucha experiencia que se tenga.

Quemaduras por sustancias químicas: el contacto directo de la piel tanto con ácidos como con álcalis o bases puede desembocar en una quemadura por alteración del equilibrio de aquella y su posterior descomposición. Pueden llegar a ser extremadamente peligrosas por su forma de presentarse, ya que no siempre es evidente desde el inicio la magnitud de la lesión, pudiendo progresar a formas cada vez más graves a medida que el producto químico va extendiéndose y profundizando en su acción. Aunque este tipo de quemaduras suelen ser más frecuentes en el ámbito laboral, debemos recordar que en el domiciliario existen almacenadas este tipo de sustancias y que por tanto representan una fuente de peligro potencial, sobre todo para los niños. Lo más recomendable es mantener todo tipo de productos abrasivos lejos de su alcance, del mismo modo que se hace con las medicinas y con cualquier veneno doméstico.

Quemaduras eléctricas: la corriente eléctrica, o flujo de electrones a través de un medio conductor, produce lesiones en el ser humano cuando supera unos límites mínimos de tolerancia. La fuente de energía puede ser natural, como un rayo de tormenta, industrial (la más frecuente y peligrosa) o domiciliaria, a través de enchufes y cables de la red eléctrica que abastece el hogar. Para valorar el peligro de la exposición a una corriente eléctri ca debemos atender a dos de sus características como son el voltaje y el amperaje. Los rayos pueden llegar a transmitir hasta billones de voltios en pocos segundos, mientras que en las corrientes industriales no se suelen superar el centenar de miles de voltios y finalmente la doméstica se sitúa en unos 200. El voltaje es responsable de lesiones internas en el organismo, especialmente por un descontrol de los sistemas eléctricos del mismo que incluye espasmos musculares, convulsiones y afectación cardiaca, normalmente de pronóstico fatal. En estos casos, circunstancias como el aislamiento del circuito, la dirección tomada por la corriente y las condiciones del individuo (incluyendo la propia suerte) determinan la gravedad del cuadro. Pero en el caso que nos ocupa, es decir, las quemaduras, no es el voltaje sino el amperaje, o lo que es lo mismo, la intensidad de la corriente, la responsable de las mismas. En la medida en la que los tejidos del cuerpo ofrecen resistencia al paso de la corriente se genera calor en el mismo. Este calor, que puede alcanzar los 5.000 grados centígrados en pocos segundos, produce una quemadura en el trayecto de la corriente que puede cebarse más sobre ciertas estructuras teniendo en cuenta la mencionada resistencia del mismo. La quemadura por energía eléctrica puede pasar desapercibida externamente, pero ser extremadamente grave en un punto interno, si bien la lesión en el punto de entrada y de salida de la corriente suele ser constante. Conviene recordar que pequeñas corrientes de sólo 50 voltios y cinco o seis amperios pueden producir la muerte si se acompañan de circunstancias tales como humedad o contacto prolongado.

Modo de actuación ante una tormenta eléctrica

1- Si estamos en casa, cerraremos las ventanas y apagaremos todos los aparatos que estén conectados con la red
eléctrica y para mayor seguridad, los desenchufaremos. Especialmente, hay que evitar la televisión, el ordenador y el teléfono. Si necesitamos información meteorológica lo haremos a través de una radio que funcione por pilas. Es importante tener instalado un pararrayos.

2- Si la tormenta nos sorprende en la calle, buscaremos protección en tiendas o casas y si eso no fuera posible (por
ejemplo, de noche), nos ampararemos situándonos contra los muros de los edificios que tengan pararrayos. Si estamos en el campo, buscaremos las zonas más bajas, lejos de montes y colinas y, especialmente, lejos de los árboles, sobre todo si están apartados o solitarios. Nos alejaremos de las vallas metálicas y nos desembarazaremos de cualquier objeto también metálico que podamos llevar encima. Es más seguro permanecer seco y no sentarse sobre zonas húmedas.

3- En caso de tormenta, hay lugares especialmente peligrosos, como permanecer en campo abierto o en lugares
como pistas de tenis, piscinas (nunca debemos bañarnos en ellas ni en el mar durante una tormenta) o campos de golf. Se deben evitar también las zonas con cables o alambradas y las vías de tren.

Originally posted 2014-07-11 11:38:16.

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